El covid-19 como agente estresor es percibido como una importante amenaza para nuestra supervivencia que nos ha obligado a estar en continuo estado de alerta para protegernos y hacer frente al peligro del contagio y sus consecuencias. Hemos sido víctimas de importantes cambios en nuestros modos de vivir habituales adquiriendo nuevos hábitos y rutinas alternativas, quizás no tan saludables, que nos han desestabilizado a varios niveles, afectando de forma muy particular a los niños y adolescentes.
Existen evidencias que asocian el grave impacto psicológico del virus a un incremento de los niveles de estrés agudo, estrés postraumático, ansiedad y depresión (1 de cada 4 niños), siendo frecuentes alteraciones en el comportamiento, inestabilidad emocional, problemas de aprendizaje o retrocesos en hábitos previamente adquiridos (control de esfínteres, rutinas de sueño, etc).
Por otro lado, parece ser que según el rango de edad se acentúan más unas alteraciones que otras, por ejemplo, en la etapa preescolar el miedo a estar solo, a la oscuridad o las pesadillas, las conductas regresivas, cambios en el apetito, rabietas, quejas o una conducta aferrada; en la etapa escolar la irritabilidad, hiperactividad, problemas de atención o concentración, pesadillas, problemas de sueño o alimentación, síntomas físicos como dolores de cabeza o dolores de barriga, problemas de conducta o apego excesivo y retraimiento social; en adolescentes las dificultades en el sueño, apetito o autocuidado, problemas de atención, concentración o memoria, aislamiento, apatía, irritabilidad, nerviosismo, conductas desafiantes, rechazo a retomar las actividades escolares, desatención a los consejos sanitarios, consumo de alcohol o drogas y, especialmente alarmante, es el incremento de las autolesiones e ideación suicida.
Es importante tener en cuenta la repercusión que ha tenido el cierre de las escuelas y suspensión de salidas al exterior durante el confinamiento en la limitación de la relaciones sociales con los iguales y en la reducción del ejercicio físico, ambos necesarios para un adecuado desarrollo en todos los aspectos. Tanto ir a la escuela como jugar y relacionarse con los compañeros y amigos favorecen el desarrollo de la socialización y la regulación emocional, la interiorización de reglas y normas, etc, y que, junto con la práctica de deportes, son una vía de expansión y formas eficaces de combatir el aburrimiento, las preocupaciones y el estrés. Esta falta de actividad puede dar lugar no solo a problemas derivados del sedentarismo (obesidad) o alteración de los patrones de sueño sino también a problemas en el desarrollo cognitivo y psicomotor de los menores.
A pesar de las circunstancias, no todo el mundo tiene la misma probabilidad de desarrollar alteraciones, hay factores de riesgo que nos pueden predisponer o hacer más vulnerables a padecer problemas psicológicos tales como el padecimiento previo de trastorno mental, anteriores experiencias adversas, hospitalización durante el colapso sanitario, violencia intrafamiliar o maltrato infantil, falta de cuidado o supervisión por parte de los cuidadores, estrés psicosocial de los progenitores, situación socioeconómica precaria o pobreza familiar, muerte de un progenitor o figura de apego o duelos mal elaborados, consumo de alcohol y drogas y abuso de las nuevas tecnologías.
Asimismo, existen factores mediadores o protectores que pueden favorecer una adecuada adaptación al cambio como pueden ser la familia o resto de agentes socializadores (entorno social o educacional). Tras la cuarentena, es importante contar con la presencia de adultos responsables y equilibrados que puedan apoyar y satisfacer las necesidades físicas y emocionales de los menores, establecer rutinas y hábitos saludables, y promover la resiliencia y el bienestar tanto propios como el de sus hijos o alumnos con la finalidad de garantizar una recuperación lo más normalizada posible. Si existieran dificultades, sería conveniente acudir a profesionales de la salud y/o educación que pudieran ayudar y ofrecer tanto a los cuidadores y educadores como a los menores un repertorio de habilidades y recursos personales, sociales y emocionales, que les permitiera afrontar adecuadamente situaciones críticas como la que estamos viviendo.
No obstante, tenemos que tener en cuenta que no todas las respuestas psicológicas que desarrollan los niños y adolescentes para hacer frente a esta situación podrán calificarse como enfermedades, dado que la mayoría son reacciones normales ante una situación anormal (irritabilidad, impulsividad, agresividad, tristeza excesiva, fobias o miedos incontrolables, dificultades en la elaboración de duelos…). En cualquier caso, ante cualquier sospecha también deberían tener acceso a la valoración por parte de un profesional de la salud mental.
En cuanto a los efectos psicológicos consecutivos a la infección ya existe evidencia científica que enfatiza que debemos estar atentos a los meses próximos para detectar y evaluar posibles síntomas y trastornos post-cuarentena asociados al estado de tensión sostenida, originados no sólo por el miedo al contagio sino también por la incertidumbre económica y el futuro próximo, aumento de los trastornos mentales o desgaste emocional de los progenitores, duelos mal elaborados, etc. En definitiva, desajustes emocionales que pueden generar insomnio, irritabilidad, disminución de la concentración, estrés agudo y postraumático, consumo de alcohol y otras drogas, y aparición de trastornos ansiosos y depresivos que podrían perdurar hasta 3 años después.
Para terminar, os invito a PARAR y dedicar unos momentos a la reflexión, ahora que parece que la situación regresa poco a poco a la normalidad, quizá, podríamos preguntarnos… ¿qué o cómo nos ha dejado la pandemia?, ¿cómo nos sentimos?, ¿de qué manera podríamos ayudar a nuestros menores para que se sientan mejor?. Reflexionar sobre si detrás de la nube de agotamiento y cansancio físico y emocional cabe la esperanza de seguir luchando por lo que merece realmente la pena, seguir valorando y agradeciendo lo que tenemos y no lo que hemos perdido. Seguir colocándose en el pellejo de nuestros niños y adolescentes, ver cómo se pueden estar sintiendo, conectar y dialogar con ellos, mostrándoles todo nuestro cariño y afecto, lo necesitan ahora más que nunca.
Fina Z.S.
Bibliografía:
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Espada, J. P., Orgilés, M., Piqueras, J. A., y Morales, A. (2020). Las buenas prácticas en la atención psicológica infanto-juvenil ante el COVID-19. Clínica y Salud, 31(2), 109-113.
Sánchez Boris, I. M. (2021). Impacto psicológico de la COVID-19 en niños y adolescentes. Medisan, 25(1), 123-141.


